miércoles, 24 de marzo de 2021

Correazos

Mi papá me pegó una vez unos correazos para castigarme por un daño que habíamos hecho mi hermana y yo en la sala de la casa. Jugando, y después peleando, caímos juntas sobre la cortina de la biblioteca y con el tubo metálico que sostenía la tela y que se desprendió de la pared, dañamos un reloj de balines que él había traído de Alemania. 

Lo dañamos para siempre. 

Cuando mi papá llegó de trabajar mi mamá lo recibió con la historia y mi papá nos anunció los correazos.

Pero la verdad es que mi papá no quería pegarnos. Él solía resolver los problemas que tenía con nosotras conversando. Entonces demoró la pela. Hoy lo imagino triste por tenernos que pegar, mientras que mi hermana y yo esperábamos ansiosas a que se decidiera.

No sé cuánto tiempo pasó, pero fue el suficiente para que el asunto de le saliera de las manos y se configurara la tortura de la espera. 

Cuando llegó a mi cuarto yo estaba desconfigurada llorando. Mi papá ya había prometido el castigo y él cumplía esas promesas. Me pidió que me acomodara para la nalgada y yo lloraba a los gritos como si de verdad mi papá me estuviera matando. Cuando por fin me volteé mi papá me pasó la correa aperezada y sin fuerza.

Creo que la decisión de prohibir el castigo físico que tomó el Congreso colombiano lo hubiera librado también a él de la tortura de pegarnos.

jueves, 11 de marzo de 2021

Vitiligo

Una manchita café apareció en mi frente un día cuando tenía seis años. Creo recordar que estábamos en una finca y yo había estado todo el día en la piscina. Como mi papá era dermatólogo constató la existencia de la mancha y seguramente dijo que eso no valía la pena. Al día siguiente constató que la mancha se había extendido a toda la frente y ahora tenía nombre: se llamaba vitiligo. Me revisó por todas partes... las partes donde suele dar vitiligo, y constató que tenía las manchas blancas con café no solamente en la frente, sino también en otros lugares del cuerpo. Reiteró que eso no valía la pena. El tratamiento: sol, ponerme al sol, más piscina. Encantada de la vida. Cuando en el Hospital Universitario de Caldas compraron una lámpara de luz ultravioleta el tratamiento incluyó visitas a ese lugar. Me ponían un antifaz que impedía que la luz me dañara los ojos y me dejaban sola unos ratos largos, sentada, mirando hacia la luz. La mancha de vitiligo era mi primera historia, fue lo primero que me pasó en la vida. A mí. Era mi historia, mía. Era un motivo de conversación y yo estaba feliz de podérselo contar a todo el mundo. Un suceso. Mi primer suceso. ¡Drama! Una particularidad que yo sentía que me hacía especial. No conocía a nadie más con vitiligo. Única. La verdad es que yo siempre me he sentido muy especial. Me ponía feliz cuando alguien me preguntaba, y siempre me preguntaban, claro, porque era la sensación: "¿qué es lo que tienes en la frente?", y con seis años narraba mi versión de los hechos: "vitiligo, una despigmentación de la piel. Tengo en la frente, en las axilas, en las rodillas, y en una parte que no te puedo decir". Risas. Encantada de la vida.

martes, 5 de enero de 2021

El feminismo y sus tensiones

(En 2020 hice dos cursos sobre feminismo con la Universidad del Norte. Este texto es el resultado de uno de los trabajos que nos pidieron y que publico aquí para conservarlo en un lugar donde no se me pierda y también porque me gustó como quedó, atenta a comentarios).


El feminismo y sus tensiones


En este ensayo me propongo demostrar que en la naturaleza del feminismo están las tensiones incrustadas desde su propia concepción y que esa naturaleza de “polos encontrados” se extiende a muchas de sus nociones. Ideas que se enfrentan, que parecen contrarias y que incluso pueden hacer parecer al movimiento y a la teoría que lo sustenta inconsistente; que esas tensiones pueden entenderse mejor y abordarse mejor si se piensa en ellas como tránsitos o puntos de partida y llegada.


Por tensión entiendo la contraposición de dos posturas frente a un mismo tema, los argumentos que defienden cosas opuestas sobre un mismo asunto y las discusiones que se dan, sobre todo hoy en redes sociales, alrededor de estas cuestiones. 


Y por tránsitos o puntos de partida y llegada entiendo que estas discusiones pueden ser ajustadas o inexactas dependiendo del momento histórico en el que se revisen, de la localización geográfica desde donde se miren o desde las enunciaciones particulares de quién las exponga. 


Para hacerlo me voy a centrar en el libro Descolonizar La Memoria, Descolonizar Los Feminismos de Adriana Guzmán, feministacomunitaria, lesbiana e indígena Aymara de Bolivia. 


Espero que la conclusión de mi ensayo sea una contribución para que perdamos el miedo a discutir sobre estos aspectos enfrentados, o para que esas discusiones se lean más como conversaciones en proceso, que dogmas de fe, o diferencias irreconciliables. 


Voy a mostrar tres tensiones que hemos abordado, quizá no detenidamente, sino de pasada en el curso de Feminismos desde América Latina, derechos, movimientos y mujeres icónicas, que he ido anotando en mis lecturas de clase y que llamaron mi atención al encontrar casi un patrón: a cada idea que se da por elaborada y en la que se llega a algún tipo de consenso le nace, casi de manera inmediata, un cuestionamiento de peso de donde surge necesariamente una tensión.


Pero primero quiero exponer por qué digo que esta dinámica en tensión del movimento feminista está incrustada desde su concepción. 


Las primeras feministas no sabían que lo eran. Lo que ellas veían como un trato desequilibrado no tenía todavía nombre o quizá se llamaba solamente injusticia, inequidad, desigualdad. Por lo mismo es difícil establecer quiénes fueron esas primeras mujeres feministas. Tal vez, si hemos leído un poco, nos vengan a la mente las figuras de mujeres como Mary Wollstonecraft que en 1792 escribió su Vindicación de los Derechos de la Mujer, aunque el término “feminismo” no fue acuñado sino hasta el siglo XIX. Entonces podríamos conceder que el feminismo tiene su origen europeo, por lo menos lo que se ha conocido como la Primera Ola, en el siglo XVIII.


Sin embargo eso es falso. Si regresamos a la idea de que las primeras mujeres feministas no sabían que lo eran, es probable que antes de la ilustración se hayan dado muchas disputas entre personas que notaban un desequilibrio entre los hombres y las mujeres. Ahí está para ser anotado en la larga historia del feminismo el sacerdote francés Poullain de la Barre que en 1673 publicó su texto Sobre la igualdad de ambos sexos, discurso físico y moral donde vemos la importancia de dejar atrás los prejuicios, o también la filósofa francesa Olympe de Gouges que en 1791 escribió La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.


Pero además, desde América Latina las mujeres indígenas reclaman un comienzo propio de su lucha feminista. Dice Adriana Guzmán en su texto que “... Las luchas no son propiedad privada, las palabras tampoco, el feminismo no nació en Francia, nació y nacerá en todo territorio donde enfrentemos el sistema patriarcal de muerte, las palabras no se privatizan, los sentidos se construyen y se disputan, eso también es autonomía”. 


Por tanto, ¿dónde y cuándo nació el feminismo? Será difícil de establecer. Eso no quiere decir que no reconozcamos a Mary Wollstonecraft, o a otras figuras europeas o latinoamericanas, como Bartolina Sisa o las sufragistas, precursoras en momentos en donde ese desequilibrio que combatían era más grande y más intimidatorio. Son todas emblemáticas, mayores, abre caminos y rompe esquemas. Lo que sí podemos es dar contexto a cada inicio conocido, reconocerlo, valorarlo y mostrar cómo, incluso así, es probable que se hayan perdido en el tiempo las primeras mujeres que se negaron a las exigencias de los hombres, o que pelearon a muerte con uno para evitar ser violadas. Esas también son las primeras feministas. 


Así cuestiona Adriana Guzmán, entonces, el desconocimiento de una parte de la historia, que hace a lo que hemos conocido como “histórico” un no universal: “¿Qué es pues lo universal? Para los filósofos griegos lo universal era lo opuesto a lo individual o particular, pero no sólo se opone a lo particular o a lo diferente sino que lo anula y pretende superarlo, planteando así un conocimiento, unas teorías universales, que supuestamente se deben cumplir y acatar, unos valores y una ética universal, una especie de absolutismo, de un todo, que refleja también el triunfo de la razón sobre la naturaleza. Lo universal se propone como una estrategia de dominación y colonización de los cuerpos y las mentes, pues está hecho a medida de quienes detentan el poder, los valores universales de “libertad, igualdad y fraternidad” de la Revolución Francesa, la ciudadanía y los derechos por ejemplo son a medida del hombre blanco y burgués y por tanto no aplicables a las mujeres, ni siquiera a las blancas y burguesas como ellos, y menos aún a las indias e indios de AbyaYala (Latinoamérica) que ni siquiera eran considerados humanos y ni por si acaso ciudadanos. Lo universal entonces es uno y no es neutro es una estrategia de colonización”.


Lo que quiero decir entonces con la exposición de estos argumentos sobre la dificultad para establecer un comienzo, es que si ni siquiera eso, establecer un origen, es posible con certezas o con consensos, y si, en efecto como así ha sido, muchas mujeres discuten, con razón, que no se las ha tenido en cuenta en la historia del movimiento, podríamos admitir que este es el movimiento de las cuestiones más que de las conclusiones. Es el movimiento donde cada concepto, cada idea, cada libertad que se persigue es sometida a revisión porque no solamente su origen, sino las ideas en su origen, fueron sometidas también a revisión.


¿Cansado? Tal vez. Pero no le falta entretención. 


En una segunda parte quiero mostrar otras tensiones, quizá no las que están de moda (mujeres trans, teoría queer, binarismo, abolición del género, abolición de la prostitución y la pronografía vs. regulación) que son importantes y que me despiertan también mucho interés, sino las que son pertinentes para nuestro curso de Feminismo en América Latina. 


Las tres tensiones que me propongo abordar son:


  1. Desde la localización: feminismo europeo vs. feminismo latinoamericano.

  2. Desde la propia enunciación: feminismo blanco vs. feminismo de minorías étnicas.

  3. Desde la agencia o la calidad de víctimas: empoderamiento feminista. 


No me propongo abordar cada una de esas tensiones exhaustivamente pues no tengo el espacio y no es tampoco el propósito de este ensayo. Tampoco pretendo llegar a conclusiones o establecer posiciones sobre cada una de estas tensiones sino meramente enunciarlas. Me propongo mostrar la existencia de la tensión y proponer una lectura sincrética de la misma, es decir, reconocer las verdades que pueda haber en cada uno de sus lados.


Feminismo Europeo vs. Feminismo Latinoamericano


La tensión entre estas dos posiciones geográficas desde donde se ejerce el feminismo está dada por las luchas que persiguen. Mientras que el feminismo europeo se centra en los derechos de las mujeres, la igualdad frente a los hombres y las luchas por liberar al cuerpo femenino, el feminismo latinoamericano entiende su lucha desde la liberación de sus comunidades y sus territorios y en ese sentido se enuncia como antisistémico. 


Si Simone de Beauvoir afirma que el hombre es lo dado y la mujer es “lo otro”, las feministas latinoamericanas afirman que son “lo otro periférico”, donde la distancia no está dada solamente por el sexo, sino por la raza, la etnia, la pobreza, la orientación sexual, la cosmología y toda la condición de minoría que cabe para ellas. Son lo otro de lo otro. 


Afirman incluso que muchas de ellas no caben en la categoría mujer tal como se ha concebido desde una visión occidental y patriarcal, pues no son vistas como lo íntimo, lo sagrado, lo virginal, lo maternal, lo del cuidado, sino simplemente como hembras que paren hijos para las labores esclavizadoras a las que toda sus comunidades han sido y siguen siendo sometidas. Por lo tanto es una lucha no solamente por la liberación de las mujeres, sino por la liberación de lo femenino extendido también a la naturaleza. 


Sobre estos hechos geográficos Adriana Guzmán sostiene opiniones interesantes como esta: “Por último como gracias al capitalismo transnacional extractivista el territorio hoy llamado Bolivia no tiene mar, nuestro feminismo no tiene olas, nos construimos desde la tierra que nos sostiene y nos alimenta”, donde se evidencia que incluso las abstracciones que hacemos están signadas por el lugar que habitamos.


Y sobre la inclusión de la naturaleza dentro de las categorías que deben ser liberadas de la opresión sistémica patriarcal dice Adriana Guzmán: “... la liberación es en comunidad, que una se libera a sí misma, pero que tiene responsabilidad también, en la liberación de las otras, de los otros y de la naturaleza. La liberación es en comunidad para construir la comunidad, comunidad de la que no hay un modelo, esa comunidad que hay que inventar”.


Esta inclusión de la naturaleza como otro femenino que debe ser liberado de prácticas capitalistas patriarcales es también una lucha situada desde lo geográfico, pues los territorios empobrecidos de Latinoamérica muchas veces son los que sirven como despensa de materias primas y de alimentos para los países más ricos que son los que dominan el sistema.


Cómo armonizar esta tensión. Estamos en deuda con el feminismo latinoamericano de las indígenas, las campesinas, las comunidades afro, las lesbianas, puesto que sus luchas siguen siendo en el mejor de los casos omitidas y en el peor despreciadas. Un verdadero feminismo que se diga universal debe incluir todas las luchas en contra de todas las opresiones sin perder el foco en lo femenino.


Feminismo Blanco vs. Feminismo de Minorías Étnicas


La tensión entre estas dos enunciaciones está dada por el reconocimiento de la interseccionalidad y de que no todas las mujeres somos las mismas mujeres. No sufre la misma opresión una mujer blanca europea que una mujer indígena, negra o latina. Mientras las mujeres blancas dicen “queremos trabajar”, las mujeres de latinoamérica dicen “queremos que se nos reconozca como trabajadoras y que no se nos esclavice”. Mientras las mujeres blancas piden igualdad de participación en la política, las mujeres racializadas de latinoamérica piden siquiera un lugar de participación y que no se las mate o se las violente cuando se involucran en política o cuando defienden a sus comunidades. 


Dice Adriana Guzmán: “... En cada una de estas olas, clasificación que ha sido asumida por varias feministas, se van identificando hitos, declaraciones, planteamientos que visibilizan a feministas europeas, francesas, inglesas, italianas, alemanas, como si el feminismo o la lucha contra el patriarcado sólo se hubiera dado en ese lado del mundo. El movimiento sufragista en América Latina -también blanco y burgués por supuesto- las feministas en el movimiento obrero o en la lucha contra las dictaduras, son “datos” que no entran en las olas, menos aún van a entrar las luchas anticoloniales de nuestras abuelas indígenas originarias hechas desde nuestros pueblos y la comunidad”.


También hay una deuda desde lo universal en el escaso reconocimiento que tienen las luchas de las mujeres cuya condición se ve impactada no solamente por su género, sino también por el color de su piel. Es importante que, de nuevo, un feminismo que se enuncie en contra de todas las opresiones, reconozca estas y encuentre su origen, que está dado por una opresión general, ya no de lo masculino sobre lo femenino, sino de lo blanco sobre todo lo demás.


Desde la agencia o la calidad de víctimas: empoderamiento feminista


Esta es la tensión que de manera más sutil se lee en el texto de Adriana Guzmán y por lo mismo quizá la más difícil de evidenciar desde allí, sin embargo mucho se ha dicho sobre que no es lo mismo pedirle a una mujer blanca, empleada o independiente, a la que no la acompaña ningún hombre, que se empodere, frente a una mujer indígena, negra o campesina que no ha recibido ninguna educación y que no es dueña de nada. No pocas veces, con indolencia, se habla de empoderamiento como si significara lo mismo para todas, como si fuera un abrigo que se pone y automáticamente brindara a las mujeres el poder de andar solas. Como si la propia agencia no dependiera de las condiciones materiales, de los derechos otorgados, reconocidos y garantizados por Estados que para estas mujeres están ausentes. 


Mientras hay un feminismo que corre hacia el reconocimiento de sus derechos y libertades, hay otro que todavía está contando sus muertas. Hay un feminismo que lucha por su autonomía e independencia y otro al que todavía no se le reconoce su condición de víctima. Hay, si se quiere, dos momentos históricos distintos y unos medios y canales a los que todavía no acceden la mayoría de las mujeres. No puede proclamarse el logro de nada si no puede incluirse a todas las mujeres. Las feministas, si nos enunciamos como tales, no podemos desconocer en nuestros privilegios la precariedad y miseria de la mayoría de nosotras. Por tanto no podemos proclamar y afirmarnos sororas si las compañeras de otras latitudes siguen sufriendo opresiones que las otras nunca conocimos. Esta no puede ser la lucha de algunas, es la lucha por todas. 


Sobre este asunto, que como ya dije, se manifiesta de manera sutil en el texto de Adriana Guzmán, destaco este fragmento que muestra lo que hacen las mujeres, unas por otras, cuando son lo otro de lo otro, la periferia, y no les queda más opción que la muerte: “... En un intento desesperado por mantener la cultura que las ligaba con otra forma de vida, nuestras abuelas se refugiaron en las alturas conformando comunidades autónomas de mujeres, o como relatan los cronistas, sociedades sólo de mujeres que resistían a la colonia, pastaban sus rebaños y se defendían entre sí ante las autoridades, algunos cronistas mencionan suicidios de mujeres indígenas como forma de resistencia e infanticidios, mataban a sus hijos varones, probablemente para que no crecieran en ese mundo o para que no fueran enviados al trabajo en las minas de donde no volverían”.


Ya mencioné una idea sobre cómo superar esta tensión, pero quiero también concluir aquí: hay una lucha que es por todas, que bien puede haber empezado en Europa, Oriente, África o América, que recoge las exigencias de unas o de todas, pero que no ha terminado y que está lejos de concluir. Hasta no liberar a la última de las mujeres es importante reconocer que el movimiento feminista solamente está empezando.