viernes, 7 de noviembre de 2014

Un turpial

No sé en qué irá la educación musical de niños y adolescentes por estos días. No sé si ahora dejan cantar a todo el mundo, si lo intentan con todos, si le dan una esperanza a los arrítmicos y desafinados. Creo que cantar puede ser para muchas personas una actividad gratificante aunque no lo hagan bien o incluso si lo hacen muy mal. ¿Por qué habría que privar a alguien de cantar solo porque no lo hace? ¿Solo porque no sabe que eso que hace no se llama cantar sino hablar con largas vocales hay que decirle que no lo haga? Tampoco sé si hay estudios que prueben que cantar tiene un efecto claro sobre la salud o sobre alguna otra cosa, pero sin duda tiene un efecto sobre el espíritu. Yo me desaburro cantando, si estoy sola canto, si estoy con amigos canto; la música que me gusta es la que puedo cantar, la que me sé. Y casi que exclusivamente es la música que oigo, la que puedo cantar o la que me gusta lo suficiente como para aprenderme su letra. Cuando pongo música clásica —cada vez menos, qué pesar— voy directo a las obras que alguna vez monté y a los pedazos que todavía recuerdo. Y si es de esa que no tiene letra entonces tarareo. Lo que me gusta es reproducir sonidos con la voz, cantar. Por lo mismo, si tengo que hacer algo que me exige concentración, no puedo poner nada que conozca, porque cantar le va a ganar a cualquier otra actividad. Por eso paso mucho tiempo en silencio, porque luego se me olvida poner música y porque cuando la pongo es porque quiero cantar. Cantar, cantar, cantar.

___________.

Cuando estábamos en sexto o séptimo de bachillerato llegó una profesora de música nueva al colegio. Guitarra terciada y todas las capacidades para, por fin, armar un coro decente para cantar en las misas y en los actos de clausura del Gimnasio los Cerezos. Empezó con las clases y nos enseñó un canon sencillo. Repetimos el canon hasta el cansancio y después vino la audición para pertenecer al coro.

Nos hicimos todas en fila y cada una cantó el canon completo sola y a capella. Al lado mío estaba Pamela. Yo sabía que Pamela no cantaba porque uno sabe esas cosas y porque además ella y yo nos íbamos juntas todos los días en la ruta del colegio, cantando. Cantábamos casi siempre. A veces pienso que soy buena contralto de coro por ese entrenamiento que hice con Pamela —y con otras niñas del salón— de cantar una línea afinada sin importar qué estuvieran cantando ellas. Pamela no cantaba. Creo que es por un problema de respiración: ella exhala aire de sobra para cada sílaba y así no hay nota que afine. Es como tratar de que una bomba llena de aire emita un sonido por su boca entrecerrada, si uno logra controlar la salida de aire se produce un pito, pero si lo deja salir todo muy rápido... Bueno, no suena nada. Creo que ese es su problema, el aire, no el oído. En teoría creo que Pamela podría cantar si aprendiera a controlar la salida de aire, pero en la práctica, no canta.

Ese día sucedió un milagro. Pamela cantó el canon perfectamente de principio a fin. Todas las notas. Yo la miraba impresionada y ella veía a la profesora con esa autoconfianza de mentiritas que no dejaba saber que estaba insegura; yo sabía que estaba asombrada de sí misma y que eso no era lo que esperábamos que sucediera. Mientras cantaba cada una de las sílabas del canon yo la miraba —y ella lo sabe— como esperando a que el acróbata se resbalara, con la misma angustia y el mismo deseo de tenderle una red debajo de la cuerda floja. Ese día el canon, que es cortico, se me hizo eterno en la voz de Pamela:

En-la-ra-ma-del-no-o-gal
Can-tay-tri-na-un-tu-ur-pial
Tra-la-la-la-la-la-la-la-la-la-lá
Tra-la-lá
Tra-la-lá

Pamela terminó de cantar y me miró con cara de satisfacción. Yo la miré y me alegré sinceramente. Todo ese entrenamiento coral de la ruta del bus había surtido efecto. Creo que las dos terminamos pensando ese día que ella sí cantaba y que habíamos estado equivocadas todo el tiempo. Y lo mismo pensó la profesora, Pamela entró al coro.

Lo terrible sucedió días después cuando la profesora se dio cuenta de lo que nosotras ya sabíamos. Ya lo sabíamos, pero eso no impedía que Pamela estuviera feliz de pertenecer a un coro al que probablemente no tenía mucho que aportarle musicalmente, pero en el que de todas maneras hacía algo que la mantenía contenta: cantar.

La profesora decidió un buen día que había que hacer otra audición con el fin único y exclusivo de sacar a Pamela. Ese día repetimos el ejercicio y el mismo milagro no podía suceder dos veces. Pamela se desafinó y al final la profesora decidió que todas volvimos a pasar al coro, menos ella.

Hoy nos da mucha risa acordarnos de eso, pero creo que es de las cosas más crueles que nos pasaron en el colegio. Darwin, la supervivencia del más fuerte y un turpial desafinado al que le dicen que mejor lea.

sábado, 25 de octubre de 2014

10 maneras de pasar una noche de frío desde la soltería sin ansiedades

Esta entrada de blog pretende llenarte de inseguridades que no sabías que tenías. Estar solo es terrible, porque claro, estás solo, pero sobre todo y lo más importante, se ve mal. Hay maneras de disimular. Aquí te ayudamos a pasar una noche —viernes, digamos— en la soledad de tu casa sin ansiedades y sin que nadie lo note. Toma papel y lápiz, anota:

1. Si un árbol cae en la mitad del bosque y nadie está ahí para oírlo, ¿hace ruido al caer?:
No hay necesidad de publicar en redes sociales que estas solo un viernes. Desaparece. Que todos crean que estás de rumba. Al día siguiente puedes publicar en Facebook que tienes mucho guayabo, poner un tuit diciendo que te duele la cabeza o una foto en Instagram del suculento desayuno con un sugestivo hashtag #CaldoLevantamuertos. Todos pensarán que te fuiste de rumba y que no estás desaprovechando la vida.

2. Compra un litro de helado:
Sí, hace frío y estás solo, pero el helado en soledad reconforta. Qué bueno que no tienes que regalarle ni un pedacito a nadie. Alégrate, ese litro es únicamente para ti. El azúcar tiene ese efecto maravilloso que simula la felicidad. Qué importa que no lo sea, solo necesitas un par de muletas emocionales para atravesar el trance de una noche de soledad... O diez.

3. Mal de muchos, qué bueno que tuyo no. O de cómo fortalecer tu amargura:
Piensa en todas esas parejas que pasan por mal momento y agradece que no eres una de ellas. Agradece con fuerza. La vida es mejor así, solo. ¿Para qué se necesita gente? La gente es un estorbo. No llores. Mejor solo que mal acompañado. Pero no llores. Que no llores. Está bien, llora. Pero no le cuentes a nadie.

4. ¡Fiesta para uno!:
¿Quién dijo que necesitas amigos o pareja para emborracharte? Compra dos botellas de vino, comida,  pon música y prepárate para una noche loca en compañía de ti mismo. Cuando estés borracho no temerás los juicios y publicarás sin temor de Dios las fotos, videos y estatus de lo divertido que puedes ser tú solo. No solo no te harán ningún juicio por ser capaz de entretenerte solito sino que despertarás la admiración de los acomplejados que recurren a los primeros tres trucos.

5. Plumas en el nido muy a las ocho de la noche:
Así, sin más. Prepárate para los comentarios "¿ya?", "¿tan temprano?", "¿a esta hora?". Contesta si estás de humor, o no contestes, como quieras.

Esta entrada debía tener 10 puntos, pero no se me ocurren más. Qué importa, este género literario no se caracteriza precisamente por el rigor. Así que hasta aquí llegamos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Ortega y Gasset

Uno es un montón de cosas y también, en buena parte, la consecuencia del momento por el que pasan los papás cuando lo están educando. Lo digo de manera compasiva.

Es decir, uno es rápido para juzgar a los papás despiadadamente, pero lento para entender que son falibles y que además no necesitan, ni pueden esperar, por el permiso de uno para serlo. Son como pueden. Como hijo uno tiene un montón de expectativas puestas en unos adolescentes. Unas personas que comienzan a educarlo a uno cuando no han ni empezado a comprenderse.

Mi papá era, es, un adolescente. Al que amo, por supuesto. Durante mucho tiempo lo admiré por eso, por ser un rebelde de siempre. Sus circunstancias son las suyas —un papá muy bravo, esa educación paisa, su juventud en los 60—; no quiero explicarlo a él, pero terminé psicoanalizándome con base en eso. Ejercicio de navegación del que soy fan, solo que esta vez creo haber encontrado tierra.

Jairo nos educó para ser seres humanos y no para el rol de mujeres. Es por eso que, creo, mi hermana y yo no somos detallistas, ni especialmente tiernas, ni las más dulces, ni atentas o serviciales, ni muy maternales, ni tenemos esa costumbre femenina y paisa de andar cuidando a los otros. No se nos ocurre preguntar si los demás tienen hambre para luego irnos a la cocina a preparar algo. No somos las mejores anfitrionas; hacemos un esfuerzo demasiado consciente cuando nos toca. Cocinamos lo que hemos tenido que aprender: en mi caso algunos platos complicados que me salen más o menos bien y en el de mi hermana huevo con arepa. No tenemos la cocina llena de coquitas y, aunque nos encantan los implementos culinarios, no compramos nada de eso porque sabemos que para qué. Nos molesta que en la familia subsistan costumbres como "sírvale a su tío Aurelio" cuando él es perfectamente capaz de servirse solo y hemos dado un montón de peleas, cada una a su manera, con el único objeto de conservar la independencia de criterio en una cultura paisa que no es muy dada a tolerar eso.

"Yo soy yo y mis circunstancias", "no me etiqueten", "no permitan que las etiqueten", "vivan y dejen vivir", "no traguen entero", "lo que la sociedad opine no importa", "no te metas en mi vida que yo no me meto en la tuya", "tú verás, ya estás muy grande", "sé auténtica, sé tú", entre otras, fueron algunas de las frases de mi papá para educarnos a mi hermana y a mí. Creo que las dos compramos el paquete completo porque mi papá no solo las decía sino que las practicaba, daba ejemplo. Fue un papá absolutamente respetuoso de nuestra independencia y exigía para sí mismo ese respeto de una manera radical, incluso cuando hubiéramos tenido derecho a hacer alguna exigencia no se nos permitía. Y todo tiene un límite, pero nosotros creo que conocimos poco de ese.

Cuando pienso en los valores que esos mensajes llevaban, —la independencia, la libertad, la autenticidad— concluyo que son valores que preparan para la soledad. Y mi papá también en eso ha dado ejemplo, es una isla.

Muchas veces me pregunto por qué no he compartido mi vida con nadie, no solo con una pareja, sino también con los amigos y la familia. Que Ana María es muy independiente es una frase que he oído desde chiquita, pero que con los años se ha vuelto cada vez más repetitiva. Y creo que la explicación es esta. No cabe alguien cuando uno tiene tan poco terreno dispuesto para ceder.

Mi papá nos educó durante su adolescencia rebelde. Durante su deseo de ser él sin que nadie lo jodiera. Y nos educó para no dejarnos joder por nadie, así, con resistencia. Creo que estas son las consecuencias. Termina uno escribiendo sobre estas cosas porque en la soledad solamente jode uno, que jode más que suficiente.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Trocatinte

Este debe ser el décimo sexto intento de escribir sobre Trocatinte.

Hace 15 años pertenecí al primer coro de cámara de mi vida. Éramos nueve mujeres. María Adelaida Robledo, que en esa época estudiaba Licenciatura en Música en la de Caldas, nos convocó a todas. Creo que ha sido una de las experiencias más tremendas por las que haya pasado en mi vida.

Como uno siempre piensa que las cosas que le pasan son las más especiales que hay, yo estoy convencida de que contar la historia completa de ese coro daría para novelón. Me propongo apenas una entrada de blog. Tengo que resumir. Vale la pena mencionar algunas cosas puntuales para que se entienda qué hizo esa experiencia tan impresionante en mi memoria:

  • En primer lugar habría que decir que esa experiencia fue enriquecedora musicalmente, pero eso no fue, ni de lejos, lo más importante.
  • Ensayábamos dos veces a la semana por un espacio de dos horas. Pero lo cierto es que llegábamos a las 7 de la noche y no sabíamos a qué hora sería la salida. Siempre, casi sin excepciones, teníamos que discutir alguna cosa: el vestuario, el nombre, el repertorio, las presentaciones, el compromiso con el noneto, el comportamiento general de todas, el temperamento de aquella y la cosita que me chocó de esta.
  • De las nueve integrantes del coro tal vez tres tenían un temperamento tranquilo. 
  • Yo era la mayor, tenía 26 años. La menor tenía 16. En promedio éramos unas adolescentes.
  • Si no hubiera sido por Paula Restrepo, que era sensata, nos hubiéramos terminado matando. Todas reconocemos eso.
  • Varias de las amigas que todavía tengo y que más quiero pertenecieron a ese coro. Las experiencias intensas unen como si fuera pegaloca. 
Y algunas anécdotas para ver si se alcanza a apreciar qué fue todo lo que nos pasó ahí:

Lo primero que hicimos fue El Canto de la Rana de José Sanchís Sinisterra, una obra de teatro con Tuto Muñoz y su compañía Punto de Partida. Un monólogo donde Cosme Pérez, que es un actor, trata de librarse, en medio de una borrachera, del personaje que ha venido interpretando durante toda su vida. Ahí Trocatinte participaba como las alucinaciones musicales del borracho. Con esa obra nos fuimos para Venezuela a participar en el Festival Itinerante de Occidente de ese país. Estuvimos 15 días montadas en una furgoneta recorriendo el occidente venezolano.

Muchas cosas nos pasaron en ese viaje pero voy a escoger una sola para contar aquí. Jenny Moreno, para la época mezzosoprano de Trocatinte, había sido diagnosticada recientemente con nódulos en los pliegues vocales. Le habían prohibido hablar, cantar, musitar, suspirar y respirar. Estaba llena de paranoia porque podía ser que no volviera a cantar nunca. En medio de su terror exageró en el tratamiento y se alivió rápidamente, pero la paranoia subsistió y nos la contagió a todas. Dentro de las recomendaciones que le habían hecho para no empeorar la situación estaba la de no hablar ni cantar en carros, buses, busetas, ni en nada que tuviera un motor que exigiera un esfuerzo vocal. Debido a eso todo el recorrido que hicimos desde Manizales hasta Venezuela y dentro de ese país estuvo marcado por un silencio de monjas de clausura como recomendación y con la vigilancia de Jenny. Llegando a Santander yo intenté cantar un poquito de lo que estaba sonando en el radio y de inmediato me reconvinieron desde la parte de atrás del carro: "Anita, shhh", con picada de ojo para aligerar el regaño.

Trocatinte, colores mezclados, nos pareció perfecto, ajustado a la cantidad de personalidades que había que representar con un nombre. Ahí llegamos después de varias discusiones eternas. Nueve mujeres que se habían propuesto decidir todo por consenso. Al día siguiente de haber tomado la decisión resultó que a algunos familiares y amigos les había parecido que eso era muy enredado, muy feo y que sonaba a trabalenguas. Casi naufragamos. Aprendimos, en medio de una discusión, que no se puede esperar que a todo el mundo le guste lo que uno hace o las decisiones que toma. Eso, que suena tan obvio, no lo era para nada. Al parecer no queríamos que nadie nos criticara por ningún motivo y muchos de los problemas que tuvimos en Trocatinte se dieron porque "de nosotras dicen que somos muy creídas", "de nosotras dicen que somos muy alborotadas" y cosas por el estilo. Para colmo de males el nombre dio para mil chistes y fuimos conocidas como "Rock y tinto", "Trockstars" y mi preferido "Trocatontas". 

Otro momento memorable de Trocatinte fue cuando no sé cómo decidimos que unas fotos bien femeninas para hacernos con el grupo podían ser unas donde las nueve estuviéramos desnudas. Wow, qué idea tan maravillosa. Paula, la sensata que mencioné antes y que contaba con toda la credibilidad dentro del grupo, nos convenció del potencial de esas fotos. Nueve mujeres, desnudas, bien divinas, medio tapadas con unas pashminas, en unas poses totalmente inocentes y, por supuesto, en blanco y negro. Nada vulgar, qué tal. ¡Gran idea, qué belleza! Hubo algunos comentarios en contra pero fueron acallados con palabras como "mojigatas", "eso no tiene nada", "no se trata de salir pierniabiertas", "a nadie se le va a ver nada", etc. Pues nos tomamos las benditas fotos en bola. Creíamos que sería fácil, cuestión de ponerse ahí y actuar natural. Un fracaso. Se necesita toda la actitud y se necesita emparejar nueve actitudes. Yo creo que nos faltó trago. Salimos en todas las fotos haciendo pucheros de incomodidad. De ese tema no volvimos a hablar. 

Pero lo más tenaz fueron tantas discusiones. Éramos románticas, adolescentes, apasionadas y convencidas cada una de su propia forma de querer hacer las cosas. Y por eso mismo, después de cuatro años, se terminó Trocatinte. Aprendimos y repasamos nuestros defectos. Todas salimos con una lista bien completa de las debilidades de carácter que teníamos. Yo supe que soy torpe, mandona, intolerante, impaciente, agobiante, creída,  rosquera, sabionda y medio hijueputa. Eso sí, afinada y muy juiciosa para estudiar. Estoy segura de que cada una podría contribuir aquí con su propia lista de defectos y virtudes de las que tuvo conocimiento gracias al feedback de las otras niñas del coro.



La lista de Trocatintes da más de nueve por circunstancias que harían más larga esta entrada y ya quiero terminar, pero sí quiero dejar constancia de sus nombres. En la foto de arriba: Paula Restrepo, María Adelaida Robledo, Jenny Moreno, Mónica Aranzazu, Ana María Mesa, Juliana Zuluaga, Tatiana Londoño, Yolima Hurtado y Lorena Zuluaga. En la foto de abajo sale Carolina Guacaneme de primera a la izquierda. Luego pasaron por el coro otras niñas, pero esas diez componen la formación inicial y la que pasó por lo más difícil. Con cada una de las que se iba saliendo se iba acabando algo de la magia que hizo que eso fuera tan duro y tan bueno.



En la música siguen María Adelaida, Jenny y Mónica. Esta semana oí cantar a Jenny después de muchos años, ella se fue para Portugal a estudiar, todavía estoy asombrada con la voz que le oí y que es otra distinta de la que tenía cuando cantábamos juntas, "un profesor", fue lo que me dijo "en Manizales no hay escuela de canto". Le dije que teniendo por fin ese punto de llegada de pronto era capaz de escribir esta entrada.


domingo, 31 de agosto de 2014

Tebas Land, otra reseña del FIT de Manizales

Tebas Land de Complot de Uruguay.
Escrita por Sergio Blanco

Es una historia de amor entre dos hombres, mi planteamiento favorito en el mundo mundial. Un escritor, S, quiere escribir una historia sobre un parricida, Martín. S también es el narrador de la obra. Y el actor que hace de Martín también hace de Federico, el actor que interpreta a Martín. Un actor que hace de un actor, Federico. Y un narrador que hace de un escritor, S.  Para resumir, son 4 personajes en escena.

La historia se desarrolla en una cancha de basquet enjaulada que es donde suceden los encuentros entre S y Martín y que es el sitio en el que se van conociendo, muy despacio, y en el que se van encariñando.

Luego me encontré con Sergio Blanco y lo entrevisté sobre la obra, le dije mi idea esta que tengo sobre las historias de amor entre dos hombres (sobre la ausencia de drama) y me dijo que él no opina lo mismo que yo. Que todas las historias pueden ser dramáticas, entre dos hombres, dos mujeres, un hombre y una mujer. Y sí tiene razón, pero creo que yo también. Me gustan las historias de amor entre dos hombres porque no ve uno mucho empalague, tengo que precisar que a eso es a lo que me refiero. Puede ser que sí haya drama, por supuesto, pero creo que lo que me gusta particularmente de esta obra es que uno ve el amor sin que nadie lo ponga en evidencia. Sin que nadie mate la magia de que todos sabemos que están enamorados y ninguno dice la palabra amor. Pura magia eso.

Me parece absolutamente hermoso.


La foto la tomé de aquí: http://www.deboralachter.com.ar/lo-que-hicimos/el-festival-de-teatro-de-rafaela-anuncia-la-programacion-de-su-decima-edicion/

Una reseña del FIT de Manizales: El amor de las luciérnagas.

El amor de las luciérnagas, presentada por Los Guggemhein de México.
Escrita por Alejandro Ricaño.

Es la historia de una escritora joven, María, que en medio de una tusa decide irse a Bergen, Noruega, donde no hay nada qué hacer, más que emborracharse. En un mercado de las pulgas compra una máquina de escribir que está embrujada y en medio de una borrachera escribe que quisiera tener un clon que no tenga ninguno de sus defectos y que se haga cargo su vida porque ella ya está muy cansada. El deseo se hace realidad. Como el clon es perfecto y, por lo tanto, puntual, se apodera de su vida porque llega primero a todo: al aeropuerto, a México, donde su mamá, donde su ex novio. Solo su mejor amiga, Lola, la acompaña a tratar de encontrarse a ella misma en un viaje por todo Centroamérica; allí se ha ido el clon con su ex novio. En el camino María conoce a Ramón, un constructor de laúdes, con quien vive un "tórrido romance", es decir, se lo come una sola vez. Cuando por fin la encuentra se ve a sí misma en una relación tranquila y plácida que ella sabe que no sería capaz construir y decide abandonarle su vida al clon y devolverse para donde Ramón, ese campesino sosegado, con quien sabe que vivirá una vida menos exigente que la que ha dejado atrás.

De esta obra me gustó todo: los actores, la escenografía —200 lucecitas colgadas del techo, un piso en tablones de madera—, los colores de la utilería, la historia y el modo de contarla. En la reseña del programa de mano dice que es comedia y uno sí se desbarata de la risa, pero a mí me parece tragicómica, puede ser porque yo salí llorando.

Para destacar y seguramente es de lo que más me acuerdo porque me pareció chistosísimo: la confesión de María con un cura que ha decidido vender un paquete promocional tres por uno que consiste en bautizo, primera comunión y confirmación. Durante la confesión el cura pregunta si María se masturba. Ella le dice que para qué quiere saber eso. Él le dice que no es él quien quiere saber sino el Señor. María pregunta que cuál señor. Ahí la narración se desvía y cuenta de las relaciones sexuales de María con Rómulo (el ex novio), y de cómo él aprendió, leyendo en una revista, que los hombres deben preocuparse porque sus parejas tengan orgasmos. Cuando Rómulo logra que por primera vez María tenga varios orgasmos ella se empieza a masturbar continuamente, en todas partes, recordando ese momento y dice que cuando el cura le preguntó si se masturbaba lo que temió fue que hubiera alcanzado a oler en ella que acababa de hacerlo en el baño de la iglesia.

Para mí fue la mejor obra de todo el festival y la segunda que vi el día de la inauguración. Chistosa, bonita, conmovedora, inteligente. Bella.

Voy a ver si soy capaz de escribir sobre las otras obras que más me gustaron: Tebas Land de Complot, Matando el tiempo. Primer acto inevitable: nacer de La maldita vanidad y Un poco invisible de Maleza. Y también de lo que menos me gustó: Caperucita galáctica de Insectotropics.

Este blog no promete nada.

(La foto la tomé de aquí: http://chilangabanda.com/2012/09/03/teatro-el-amor-de-las-lucirnagas-todo-septiembre/)

miércoles, 2 de julio de 2014

Diligencias

El primero que me atendió fue el guarda de seguridad que me indicó que tenía que pasar a una ventana (la número cinco) en la que me darían el dato que necesitaría para hacer el resto de la averiguación que fui a hacer a esa oficina del Estado. No me choca esa actitud de dueños del negocio que tienen los guardas de seguridad, a veces parece que son los únicos que saben bien cómo funcionan las cosas en medio de tanta burocracia.

Esa ventana a la que me dirigí en primer lugar es una "oficina" que le acomodaron a una esquina que estaba hecha para ser esquina y que convirtieron en dependencia a las malas. Tiene una entrada incómoda y está instalada contra una ventana de una oficina interna. Es decir, de ergonomía, ambiente propicio para el trabajo y salud ocupacional, nada.

La señora que me atendió ahí me preguntó la cédula y buscó mis datos en un computador. Se enredó porque a nombre mío le salían tres resultados y yo solo estaba preguntando por uno de ellos. Así que para desenredarla le dije que necesitaba los tres. Que me hiciera el favor de pasarme los tres datos.

Imprimió cinco hojas y media. Y media. Cortada por la mitad. La impresora está mal configurada e imprime texto encima de la línea divisoria que hay entre hoja y hoja. Un desperdicio de papel increíble para tres datos que necesitaba.  Por esta parte del trámite me cobró $3.600. Por buscar tres datos en un computador y pasármelos impresos en cinco hojas y media.

Antes de irme de esa ventana la señora me dijo que tenía que escribir los datos que me había dado en una hojita pequeña para poder hacer la averiguación completa en las ventanas siguientes. Es decir, las cinco hojas y media que me pasó no servían para pasarlas a la persona que con esos dato ubicaría mis papeles. No. Yo tenía que escribir los datos nuevamente en una hojita pequeña. Es decir, ellos saben que esa cantidad de papel para tres datos es innecesaria, estorbosa, poco eficiente, hay que buscar mucho y quieren que uno reescriba los datos impresos en una hojita pequeña. Para lo cual, como no, tienen dispuesto un mesón de banco con hojitas pequeñas y lapiceros amarrados por cadenas para que nadie vaya a robar la propiedad del Estado.

Hice lo que me ordenaron porque soy obediente.
De ahí en adelante todo fue más fácil, eso sí.

Fui a la ventana número uno donde me informaron que debía cancelar $40.000 por toda la averiguación. El señor se ofuscó porque en el papelito en el que anoté los datos no puse también mi cédula y sin ese dató cómo podía saber él a nombre de quién iba a hacer la factura. El señor en la ventana número uno es el que hace las facturas. La ventana número uno sí es una ventana hecha para ser ventana en propiedad. Tiene su entrada muy cómoda y está ubicada en un espacio diseñado para que una persona preste un servicio, que en este caso es la generación de una factura.

Pasé a la ventana número dos. En esa pagué los $40.000 y me entregaron la factura generada en la ventana número uno. El señor de la ventana número dos tiene también un sello que me puso en la factura para que constara que ya había pasado ahí.

No había nadie en la ventana número tres aunque existe esa ventana y hay un puesto de trabajo listo para ser usado. No sé por qué no ponen ahí a la señora de la ventana número cinco que está tan incómoda en esa esquina fría y apartada.

En la ventana número cuatro la señora me exigió la factura con el sello y revisó los papeles que salieron de la fotocopiadora y que eran, en definitiva, los que yo había ido a buscar. No sé qué fue lo que revisó, pero los miró uno por uno, muy rápido y con esa información tomó la decisión de cómo iba a poner el gancho de la grapadora. Le puso un sello a cada hoja, otro a la factura y me los entregó. Ella también tenía un sello y sabía cómo usarlo.

Yo fui la única persona que atendieron otras cuatro durante los más o menos 10 minutos que duró todo el trámite.

Me gusta todo ese empleo que genera el Estado. Qué ineficiencia, eso sí.