martes, 12 de julio de 2016

Solterona

Tengo una historia para ilustrar lo poco que me ha interesado el matrimonio. Como muchas mujeres, crecí con las críticas de mi mamá. Sin juzgarla, porque la alentaban solo buenas intenciones, nos costaba mucho trabajo entendernos. Mi pelo, los novios, los amigos, las amigas, mis zapatos, mi ropa, el trabajo, la plata, mis intereses, la música, etc. Casi nada fue como ella hubiera preferido que fuera. Yo me dediqué a afirmarme en esas cosas y a tratar de construir una identidad que fuera mía, un poco como rebeldía a eso y luego un poco tratando de que eso no me importara tanto. Porque claro, rebelándose uno encuentra algo, pero es probable que no sea tan parecido a uno, como tan distinto de lo que le piden que sea.

El caso es que bien o mal surgí yo y me fui consolidando. Y mis decisiones no me llevaron a la debacle que mi mamá presentía, ni me volví una buena para nada, y no creo haber escogido, como ella decía, el camino más cómodo porque le parecía que yo era muy buena vida. Me mantengo sola, trabajo y soy una buena profesional; en las cosas que todavía tengo que tratar de controlar ya tengo un plan para hacerlo y voy por el mundo más o menos bien. No es fácil calificar el propio desempeño en esto de la vida, pero, a pesar de que me ha constado trabajo, yo sí me siento orgullosa de la persona en la que me convertí.

No hace mucho, sin embargo, cuando todo este resultado ya se veía claro, mi mamá todavía tenía críticas. Y me repetía constantemente algo que, de tanto repetirse, no lo entendía completamente: "estoy muy preocupada con su situación".

"Situación" es un genérico. Acostumbrada como estaba a que casi nada le gustara, yo pensaba: debe ser el pelo, o los novios, o los amigos, o las amigas, o mis zapatos, o mi ropa, o el trabajo, o la plata, o mis intereses o la música, o etc. Y seguía rebelándome genéricamente contra todo eso. Hasta que un día caí en cuenta de que no había realmente nada que mi mamá pudiera reprocharme: tenía trabajo, vivía sola y no tenía mayores problemas... más que el hecho de no estar casada.

La preocupación de mi mamá era que yo no me había casado y esa era mi situación. Mi situación muy preocupante.

Nunca en mi casa se me pidió directamente que me casara. Nunca nadie me afanó con eso. Mis novios no eran prospectos de maridos y nadie me dijo nunca "con ese novio no vas a poder casarte". Así que yo asumí que a todos les importaba tanto como a mí: casi nada. Pero casi nada tampoco era una idea así de clara. Porque tan poquito me importaba que ni lo consideraba. Siempre me sentí demasiado inmadura para eso. Siempre pensé que eso no era conmigo. Nunca me vi como "la señora de...". Ni entrando de blanco a una iglesia, ni comprando mercado para mi familia, ni siendo la mamá de nadie. Esa opción estaba ahí para cualquiera y me parecía válida, pero no para mí.

Creo que por eso no me he casado, no me atormenta, no me siento "solterona" porque nunca quise ser "casada", y uno no puede ser lo opuesto de algo que en principio no le interesa. Son dos estatus ajenos a mis intereses. Soy sola. Y en ese sentido sí me interesa la compañía, pero no cualquier compañía, ni tampoco me importa que la forma sea convencional.

La reivindicación de la soltería no me interesa tampoco, porque yo no me siento minoría, ni en desventaja, aunque reconozco, como lo dicen muchas mujeres, que existe una exigencia y una mirada todavía como de lástima a quienes no nos hemos casado, pero en lo personal, aunque esa mirada me molesta, la siento muy poco.

Todo esto viene porque estaba leyendo una entrevista a Kate Bolick quien escribió un libro que se llama Soleronas donde menciona que en Estados Unidos las mujeres solteras son ya el 53 %. Y que aunque la cifra incluye adolescentes, divorciadas y viudas, es evidente que cada vez más las mujeres nos quedamos solas y decidimos no casarnos por motivos muy variados. Casi que uno podría decir que cada una ha tenido sus propios motivos.

Ya he dicho esto, pero creo que a mí de esa urgencia, o de esa exigencia social, o de ese apremio me salvó mi papá. No porque me dijera que no tenía que casarme, sino porque me convenció de que no importaba lo que los demás opinaran, uno tenía que hacer lo que le diera la gana. Me enseñó intentar ser auténtica y a pensar por mí misma.

Si uno quiere el aporte de mi mamá terminó siendo definitivo. Ayudó porque me dio un motivo para rebelarme y se me quitó el miedo a intentarlo.

martes, 5 de julio de 2016

Sexo


Esta mañana un amigo me pasó esta imagen con un pedacito extraído de un texto más largo de Alain de Botton que no he tenido tiempo de leer por completo, pero que me recordó un libro, una conversación y suscito otra.

Debería leer el texto completo antes de escribir a partir de esto lo que tal vez podría estar resuelto allí. Pero el ejercicio de partir de aquí y tratar de entender de qué habla de Botton pueda resultar interesante (por lo menos para mí). Vale aclarar que sobre el tema he visto algunos videos suyos también.

De Botton dice que el sexo no es tanto sobre sensaciones u hormonas como sobre ideas y menciona tres: la idea de ser completamente aceptado, la idea del fin de la soledad y la idea del fin de la vergüenza.

El libro que me recuerda es El amor en los tiempos del cólera. Recuerdo a Florentino Ariza escribiéndole en el culo "puta" a una de sus amantes y esa imagen me sirve de resumen de por lo menos una parte del texto. Puta, una palabra ofensiva que seguramente fue escrita con la confianza de no estar ofendiendo a nadie. Escrita incluso con amor. La posibilidad de hacer realidad todas las ideas y fantasías que tenemos sobre y alrededor del sexo por retorcidas que sean. La idea del fin de la vergüenza.

La conversación que me recuerda iba sobre la confianza que es capaz de construir el sexo. A veces me pasa que quiero ser amiga de alguien y como sé que no tendré tiempo ahora de pasar muchas tardes compartiendo música y fortaleciendo lazos antes de poder considerar que alguien es verdaderamente mi amigo, se me ocurre que el sexo serviría de atajo. Es una idea que puede sonar un poquito rara... tal vez. De pronto hace parte de esas ideas vergonzosas que solo compartimos con quien podemos decir "escríbeme en una nalga que soy tu puta". Y no es que se me ocurra "me lo voy a comer para ser su amiga", sino que tengo la sensación de querer tener ese tipo de intimidad que solo llega después del sexo y que esa sería una buena manera de acelerar el punto de llegada. Puede ser porque la amistad es el tipo de amor que mejor me sale. El sexo como medio y no como fin. La idea del fin de la soledad.

Y la conversación que suscitó iba sobre el valor que uno le otorga a la intimidad cuando la comparte con una sola persona o con varias. No sé por qué la conversación tomó ese camino (creo que a veces me ponen el tema del poliamor aunque no tenga relación directa con lo que estoy hablando), pero a mí me gusta más pensar en el valor que uno le otorga a alguien cuando le da entrada hasta ese punto en el que hay que ser íntimo. Porque no tiene menos valor la intimidad si se comparte con una o con varias personas, que es la idea que defendía con quien conversaba. Es que cada una de esas personas tuvo para uno el valor suficiente para alcanzar su intimidad. Mi amigo dijo "en todo caso es una utopía creer que uno no le otorga un cierto valor a algún tipo de primacía" y sí, no todo el mundo es igualmente importante para uno. Pero a mí me parece que no importa, porque la intimidad que se construye con cada una de las personas que pasan por la vida de uno es también particular. Particular y no hay que estarlas comparando, no hay que estar haciendo escalafones. Particular y ojalá completa. Completa cuando uno es tan afortunado para sentir a través del sexo la idea de que es completamente aceptado.

miércoles, 22 de junio de 2016

Consejos de redacción vs Lluvias de ideas

Como los lectores de este blog sabrán, y si no, pues de una vez, soy una administradora de negocios que fue arrastrada por la vida, sin que yo opusiera mucha resistencia, hacia el periodismo. En este ejercicio me he encontrado con el escenario de los consejos de redacción que son espacios de discusión de las notas periodísticas que se van a producir para un medio de comunicación. He encontrado que los consejos de redacción me recuerdan mucho a las lluvias de ideas en las que participé mientras ejercí la carrera que estudié.

Aquí va un paralelo entre ambos ejercicios en el que, advierto de una vez, idealizo a los consejos de redacción y vitupero a las lluvias de ideas, pero todo con ánimo constructivo.

1. Sobre las ideas:

Mientras que en una lluvia de ideas se espera que usted, que lleva toda la semana trabajando en una cuadrícula de excel, de repente tenga un espacio de distensión para ser hipercreativo, en el consejo de redacción se espera que lleve para su discusión una, dos o tres ideas. Usted las lleva listas, no las produce ahí en cinco minutos. A veces las lluvias de ideas se realizan por fuera de la empresa: "nos vamos para una finca, nos vamos para el campo, para que cambiemos de ambiente y nos dispongamos mejor para la creatividad". En mis años como administradora recuerdo un ejercicio así del que jamás recibimos las conclusiones o el material para poner en práctica lo que habíamos hecho en dos días de trabajo en medio de un ambiente con pajaritos.

2. Sobre la propiedad de esas ideas:

En el consejo de redacción sus ideas son suyas, usted las sustenta y las defiende. Con la vida si es necesario. Los ataques a sus ideas son duros, tenaces, vienen de todas partes, no solo de su editor, también sus compañeros critican su idea, no es escenario para espíritus débiles, pero ese ejercicio logra dos cosas importantes: descubrir las malas ideas rápidamente y mejorar las buenas. Eso se logra por la relación horizontal que hay entre periodistas. Por mucho que se intente, en la administración hay una relación de verticalidad difícil de superar. ¿A su jefe no le gustó su idea? Chao idea. ¿Refutar al jefe?  Claro, sí, los más atrevidos. ¿Refutar a un compañero y quedar como un sapo? por lo menos no como se logra en un consejo de redacción. Es tímida la réplica de un asistente de dirección frente al Presidente de la Junta de la empresa, comparada con la reacción de la encargada de orden público de un periódico vendiéndole una idea al editor general del medio. Ella es quien maneja el tema diariamente, ella tiene el contexto completo, ella es quien habla con la fuente, el editor no tiene idea de lo que habla, no conoce la región, no ha visto a la gente denunciar el tema diez veces, ella le explica, le dice Nando, parce, o güevón. El editor no se ofende ni ve minada su autoridad, insiste, esa nota no puede salir así, no es el enfoque que necesita. ¿Y si cambiamos el enfoque? ¿Y si le damos la vuelta?

3. Sobre la pretendida libertad:

A las lluvias de ideas suele convocarse a todo el mundo, a todos los que participan en la empresa, a quienes jamás son tenidos en cuenta: "llamemos a Wilmer, el portero, él tiene relación directa con la gente que entra a este negocio, seguro tiene muy buenas ideas para aportar". Gente a la que normalmente le piden que siga un manual de pronto le dicen que puede ser libre, totalmente libre. Sé libre. Di todo lo que se te ocurra, hoy te vamos a tutear, think outside of the box, no hay ideas malas, tranquilo, trata de unir estos nueve puntos con solo cuatro líneas, tú puedes. Luego sus ideas no son tenidas en cuenta para nada, nadie les cuenta qué pasó con eso. Tan bueno que pasamos ese día que jugamos con cartelitos de colores.

Ese es un ejercicio que requiere entrenamiento y un consejo de redacción es eso, un entrenamiento en la creación de ideas y productos periodísticos. Se hace regularmente, diariamente en muchos casos. La gente se entrena en encontrar ideas y en encontrar argumentos para sustentarlas, y una vez la idea triunfa esa misma persona la desarrolla y la ve convertirse en realidad.

4. Sobre el alcance y las restricciones:

En el consejo de redacción se tienen en cuenta todas las limitaciones de tiempo, recursos, fuentes, información y posibilidades reales para producir una pieza de información. En las lluvias de ideas no. Se pierde mucho tiempo echando globos que no tienen ninguna posibilidad en el mundo real. En lugar de decir "qué se les ocurre que podemos hacer para aumentar las ventas con un presupuesto de un millón de pesos", proponen "cómo nos convertimos en una empresa líder en la venta de zapatos en toda Latinoamérica" o "este es un ejercicio de planeación estratégica". Limitar el alcance de las ideas es productivo, aterriza las propuestas, aunque parezca una idea contraria a la libertad que vende el concepto "lluvia".

En conclusión, el consejo de redacción logra entrenar la libertad que se necesita para ser creativo, propositivo y argumentativo y entiende que demasiada libertad no es buena, ni cierta. Las lluvias de ideas en cambio, en las que participé, por lo menos, no pasaron de ser anécdotas para desperdiciar la mañana, la tarde o el día entero y comer refrigerio de cuenta de la empresa. No fue del todo tiempo perdido cuando el refrigerio fue bueno.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Sobre extrañar

Hay preguntas que no me quedan muy claras, no porque no tenga una respuesta, sino porque no sé a qué obedecen o en qué contexto se formulan o si es que las personas saben algo que yo no sé y estoy contestando un examen para el que no estudié.

Como la pregunta, "¿qué es lo que extrañas?".

¿A qué va esa pregunta cuando se hace en el contexto de una ruptura de cualquier tipo?, ¿vale la pena buscar exactamente qué es lo que uno extraña?, ¿para qué?

Uno extraña. Todo. Lo que sea, por poco o mucho. Uno ya tenía unos hábitos, unas rutinas, unas costumbres. Pero además uno extraña las cosas del otro, los chistes, las anotaciones, los gestos y el cariño. Uno extraña aunque no haya mucho para extrañar. Y extrañar lo conduce a buscar esas cosas en otro lugar, en otras personas y a no encontrarlas, tal vez porque no son lo suficientemente parecidas, o porque aparecen como desajustadas. Y entonces uno extraña un poquito más.

¿Y para qué responderse esa pregunta?, ¿acaso eso ayuda a no extrañar?, no creo. La conclusión es la misma: el tiempo acaba por diluir los recuerdos y uno comienza a extrañar con sordina y luego ya no extraña más. Y solo recuerda, sin que duela mucho. Y a esa sentencia se puede llegar sin preguntarse nada sobre los recuerdos o preguntándoselo todo, que solamente ayuda a extrañar más.

Pero hacen la pregunta, así que uno intenta contestar.

Extraño, sobre todo, la influencia positiva que tienes sobre mí y me asusta, más que nada, perderme un poco en el camino por no tener acceso a la perspectiva con la que tú ves la vida.

Eso es lo que más extraño.

viernes, 22 de abril de 2016

La Orquesta Sinfónica de Caldas

No sabía que Andrés Felipe Betancourth López, el Vicerrector de Proyección, es buen orador. Sin un texto de apoyo hizo el discurso —breve, como me gustan— del III Concierto de Temporada de la Orquesta Sinfónica de Caldas. 

Contó que la Orquesta estuvo desde octubre hasta marzo, otra vez, a la deriva, sin casa, sin dueños. Pero eso sí, con muchos dolientes que vez tras vez tienen que volver a explicar por qué es importante su existencia. La Orquesta es un proyecto complejo, difícil de entender para los que no son músicos, que son los que finalmente deciden sobre su financiación y sobre su administración. Explicarlo implica entrar en conversaciones como "hay que tener una tuba y un arpa así aparezcan en poquitos programas" y "hoy solo toca el 30 % de la Orquesta porque el programa es del período barroco, pero igual hay que pagarles todo el año a todos los músicos porque ellos están trabajando" y cosas como esas que para los administradores y economistas significan ineficiencias, pérdidas de tiempo y bajos niveles de productividad. Cosas como esas que al arte le importan un pito. 

Por fortuna Andrés Felipe y Felipe César (el rector de la U de C) entienden de arte y la Orquesta ahora está otra vez en la Universidad de Caldas que es donde lógicamente debe estar. 

Debo confesar que yo soy fan hasta el tuétano. Que conozco la Orquesta de cerquita desde 1999. Que conozco a los músicos que la integran (cada vez a menos, pero todavía a muchos). Que he vivido con ellos varios de los momentos más difíciles, como el de 2009 donde literalmente se iba a acabar.

En esa época la Orquesta costaba $1'300 millones de pesos al año para el sostenimiento de 75 músicos, incluyendo al director y a una planta administrativa pequeña, con una programación de 10 meses. Una chichigua para el presupuesto de esta ciudad, como lo dijo alguien en un texto quejándose de que se fuera a acabar. 

Pero debo decir también que desde que empecé a trabajar en radio no conozco su día a día. No sé cuáles son los problemas más urgentes. No sé cuánto cuesta la nómina actual. No sé quiénes se siguen oponiendo a su existencia. Le sigo la pista un poquito de lejos, pero permanezco atenta y voy a muchos de sus conciertos. Es uno de los patrimonios manizaleños que más orgullo me hacen sentir. Me parece importante que la ciudad tenga una Orquesta Sinfónica y no creo que la gente sea muy consciente de lo afortunada que es de poder ver una semana tras semana. 

Gracias a ella aquí hemos podido ver ópera (y yo he podido cantar ópera y obras sinfónico corales), tener compositores, directores e intérpretes de primer nivel, los conjuntos de cámara abundan, hemos visto ballet, han acompañado obras del Festival Internacional de Teatro, etc.  Para dar solo un dato, si aquí no hubiera habido Orquesta Sinfónica quién sabe si el Director Asistente de la Orquesta Filarmónica de Bogotá sería el caldense Leonardo Marulanda. Uno de los músicos más importantes que tiene esta ciudad y que es el resultado de que haya programa de Bandas de Caldas y también Orquesta Sinfónica de Caldas, porque esas cosas funcionan sistémicamente y cada una contribuye a la existencia de las otras. Los chicos que comienzan en el programa de bandas y que tienen buen nivel buscan agrupaciones más exigentes. Estudian como locos para obtener una de las plazas de la Sinfónica. Por cada uno de los músicos que la integran hay por lo menos dos o tres que no alcanzaron un lugar, y eso habla de calidad. Esos músicos y ese ambiente conforman un ecosistema que se alimenta de la mística que cada uno de ellos le inyecta a tratar de ser un buen instrumentista. Estudian como locos, hacen campamentos por secciones (la percusión, las maderas, los bronces, las cuerdas). Y no sé cómo, y pueden acusarme de romántica, pero todo eso contribuye y construye, con los años, con el tiempo, desde ellos hasta el público, un ambiente particular que es el que tantas veces le reconocemos a esta ciudad. No será el único factor, pero sin duda es uno de ellos. 

La Orquesta Sinfónica tiene, desde sus orígenes con Oliva Manchola y Nelson Monroy, como 30 años de existencia. 30 años de Orquesta Sinfónica es un montón, es de aplaudir a cada uno de los que han luchado porque exista.

Hoy, viendo el programa que la Orquesta presentó pensaba en los que oí tantas veces decir que hubiera debido acabarse, que era desafinada, que tenía problemas administrativos, que era costosa (los que opinan que la orquesta es costosa son unos tacaños que no sirven para la vida con lo que tiene de bella), que nadie iba a verla, que la gente no sabía de su existencia, que para qué ver obras mal interpretadas, que mejor que eso era poner un CD... y otra cantidad de sandeces. 

Hoy la Orquesta presentó el Concierto para Trompeta en Re Mayor de Henri Tomasi interpretado por Oscar Fernando Trujillo un músico que es un James de la trompeta, que si no juega en el Madrid es porque quiere vivir en esta ciudad y no en otra. Y luego hicieron la Sinfonía Nª 1 en Sol Menor de Tschaikowsky dirigidos por el muy joven Maestro caleño Miguel Santiago López que es el director asistente y que dirige hermoso. Y la gente se paró a aplaudir porque verdaderamente fue un gran programa interpretado maravillosamente. 

Son procesos, se toman su tiempo, son inversiones que requieren paciencia y aguante y explicar y volver a explicar por qué es importante que todos participemos, que el patrimonio es de la ciudad, suyo, mío; que lo que eso nos deja nos favorece a todos y que por eso es poco pagar por una boleta. 

Es mi única crítica. La única que quiero hacer hoy en todo caso. El ejercicio de gratuidad ya se ha hecho durante muchos años. Durante todos los años. ¡30 años! Los manizaleños tenemos que dejar de ser tan michicatos de asistir masivamente cuando el concierto es gratis y no ir de la misma manera si nos cobran dos mil o diez mil pesos. Algo hay que hacer en este sentido. Cobrar, digo yo. Y que la gente se acostumbre a que no todo es gratis, porque además no lo es. Cada uno de los músicos de la Orquesta es un empleado que depende de ese trabajo para pagar sus facturas y sus deudas. Eso también hace parte, como las historias que cuenta el Maestro Gorka Sierra antes de comenzar cada programa, de la formación del público.

Bueno, y otra cosa: fantástico que sepamos en qué momento se aplaude, pero pésimo el "shhhh" cuando alguien lo intenta en medio del tercer y cuarto movimiento. Que aplaudan si quieren aplaudir, peor ese "shhhh" intolerante y fanático. Y eso que lo digo yo, que, como queda demostrado, hago parte de los Hooligans de esta Orquesta. 

jueves, 7 de abril de 2016

Pasado

Me molesta del pasado su condición de para siempre. Lo poco que le interesa mi voluntad del presente. La imposibilidad de retirar de ahí para que no me pese el tiempo. Lo definitivo, como la muerte, que tiene el pasado. Su capacidad para definirme. Porque para siempre ahí está todo eso que hice y que me sucedió, bueno y malo. Me gustaría poder decir "esto no me pesa". "Esto no hace parte de mi vida". Aunque me construya, aunque haga parte de mí y yo me guste. 

martes, 5 de abril de 2016

Idiotas

El papá de un amigo  que lee este blog, me enteré ese día llegó hasta mi oficina, se sentó frente a mí y después de saludar amablemente me soltó la pregunta:

¿Entonces Usted no se lo quiso dar a su amiguito, Ana María? Cuente a ver por qué.

Había leído en mi blog una historia en donde eso era apenas una anécdota porque la entrada se trataba de otra cosa. Pero no importa, hubiera podido ser sobre eso.

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Un compañero de trabajo que tomaba conmigo un curso en el que nos pidieron dibujar a alguien del salón para, a partir de esos dibujos, adivinar a quién habían dibujado los demás, me dibujó a mí empelota con tremendo par de tetas. Luego exhibió el dibujo muerto de la risa.

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Un conocido de Twitter, incluso diría que un amigo de Twitter, me pidió hace poco una foto empelota. Pedir fotos empelota no me parece ofensivo, ni una falta de respeto, ni nada. Si no fuera porque no había mediado de mi parte más que amabilidad y cortesía. Creo que nada indicaba que yo hubiera querido que él me viera empelota.

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Me parece llamativo que si digo que me he tomado y que he enviado fotos sin ropa, o si hablo de sexo, o si soy amigable y simpática, algunos hombres creen o interpretan licencias que estoy dando para que crucen líneas que nadie los ha invitado a cruzar.

Tengo otros amigos a quienes cada que me pasa algo así les cuento esas cosas para saber si estoy loca y si fue que me llené de escrúpulos feministas. Y eso lo hago porque de tanto que pasan estas cosas uno ya no sabe, o duda, sobre qué es lo normal y qué es lo que está bien o mal.

Hace poco en Twitter un completo desconocido que ni siquiera me sigue me escribió por DM para pedir mi autorización para hacerse la paja en mi "honor".

Ese día compartí una imagen de ese cruce de mensajes en mi cuenta de Twitter. Varios amigos me escribieron en el TL y por DM para solidarizarse y para decir que eso no les parecía bien hecho. En una de esas conversaciones, un amigo, uno de los más francos para hablar de sexo, me dijo lo siguiente:

"No creo que sea una buena persona. Utiliza la masturbación para acercarse, él quería que usted supiera. Él cree que es algo que debe compartir. Cuando a mí me provoca masturbarme yo creo que es algo mío, no cargo a la otra con mis ganas".

Cargar al otro con las ganas propias de esa manera es hacerlo parte de un tipo de encuentro sexual. Es como esas llamadas que se hacían antes de que se inventaran el identificador de llamadas en las que solo se oía a alguien gimiendo y respirando y que uno colgaba tan rápido como podía. El hecho simple de que se dé a través de un computador, o de una conversación, o de un teléfono no cambia el hecho de que me están involucrando en un deseo que no comparto.

De alguna manera siento que los tres ejemplos que expongo hacen lo mismo. Cruzan esa línea en la que el deseo de esas personas se vuelve asunto mío sin que yo lo haya permitido.

Y me cuestiono de dónde sale la torpeza de preguntarme detalles sexuales sobre mi vida, dibujarme empelota, pedirme fotos desnuda o solicitar mi permiso para masturbarse en mi nombre si no es de donde lo señalan tantas feministas: del derecho que creen que tienen los hombres sobre la sexualidad femenina. Del permiso autoconcedido por siglos y siglos de abusos de no tener que considerar lo que uno siente o piensa o quiere.

Pasan esas cosas, suman, una encima de otra y me siento paranoide y desesperanzada sobre los señores. Por fortuna tengo amigos como los que tengo, que me dejan saber que no todos son irremediablemente idiotas.