martes, 21 de enero de 2014

U235

Voy a exagerar: a mediados de los años cincuenta del siglo pasado llegó el comunismo al suroeste antioqueño. Lo llevó mi papá, Jairo Mesa Cock, en compañía de su primo Eugenio Saldarriaga Cock.  La historia es así:

(Empieza con el enredo genealógico, pero esta parte realmente no tiene tanta importancia, más que para mis familiares, los demás, si quieren, se la saltan).

Jesús María Uribe, tuvo tres fincas en Andes en la vereda Tapartó.  Los datos se confunden, pero mi papá y mis tíos creen recordar que se llamaban La Seria, La Coqueta y El Porvenir.  Como él no tuvo hijos -- se especula que era homosexual -- dejó esas propiedades a cuatro sobrinas: Carola, monja, y Paulina heredaron La Seria; a Rosalía, que era la menor, le heredó La Coqueta y a "Mamá" Tulia, la abuela de mi papá, le dejó El Porvenir.

Mamá Tulia, mi bisabuela tuvo diez hijos con Alfonso Zacarías Cock: Teresa, Hernán, Aníbal que se murió joven de tuberculosis, Pepita (¿Josefa?), que fue de monja y que dice mi papá que era hermosa, pero hermosa, hermosa; Judith, Gustavo, Alfonso, que se fue a vivir a Cali y no tuvo nada que ver con la finca; Cecilia (Chila), Myriam, la mamá de mi papá y Alberto, que también se murió joven.


Teresita, la hermana mayor, se casó con Eugenio Saldarriaga que fue el administrador de la finca junto con Hernán y Gustavo, los Hombres de la Familia ya que para la época en que Mamá Tulia recibió la herencia su esposo se había muerto.  Tenían funciones diferentes y Eugenio, al ser cuñado y no hijo, respetaba las decisiones fundamentales que tomaban los otros dos sobre todo lo que sucedía en la finca.


Todo sucedió en El Porvenir que era una finca extensísima, cultivada en café y caña principalmente y que contaba con un beneficiadero y una molienda en las que se procesaban los resultados de las respectivas cosechas.  Llegar hasta allá era un paseo de doce horas que empezaba en tren y terminaba en "bestias", al que había que llevar el mercado desde Medellín y que una vez allí condenaba a la libertad del campo porque no era fácil volver a salir.

La finca era administrada como una propiedad feudal que recibía el nombre de aparcería.  Las aparcerías eran pedazos grandes de terreno administradas por aparceros que de acuerdo con las instrucciones de los señores feudales debían ser sembradas en caña o café. El negocio que las aparcerías hacían con La Finca se llamaba "a la cuarta", que quería decir que una cuarta parte de la cosecha era para La Finca y tres cuartas partes eran para el aparcero.

Pero en la práctica la relación cambiaba.  La Finca cobraba por el uso de la molienda o del beneficiadero y como eran los tíos de mi papá, los señores feudales, los que hacían el negocio de vender el resultado de todo eso, les cobraban también por la intermediación, con lo que a los aparceros finalmente les tocaba una cuarta parte del negocio y a La Finca, tres.

Sin duda era una relación inequitativa e injusta.

Mi papá y Eugenio, un primo hermano suyo, eran más o menos de la misma edad, 18 años aproximadamente.  Mi papá acababa de entrar a la Universidad de Antioquia a estudiar medicina y Eugenio estaba preparándose para ser cura.  Un médico y un cura en (pre)potencia. Imagino el respeto que eso debía infundir en ese montón de tías antioqueñas.

Además de estudiar medicina, mi papá leía con asiduidad el U235, periódico estudiantil de su Universidad (se llamaba así porque ese es el isótopo de Uranio, el que lo hace explosivo), de línea editorial clarísima de izquierda en medio de los cambios sociales de los 60 y 70. Y Eugenio, por su parte, también debía estar leyendo material de sensibilización social.

Cualquier día que Hernán y Gustavo —los tíos, los señores feudales— no estaban en El Porvenir, los aparceros acudieron ante Eugenio y le pidieron que intercediera por ellos: querían que les dieran botas para trabajar, porque descalzos —¡trabajaban el campo descalzos!— se cortaban constantemente las piernas y los pies con los machetes y con las matas.

Eugenio le contó de la solicitud a mi papá y entre los dos, indignados con las condiciones de trabajo de los aparceros y motivados como estaban por sus lecturas de izquierda, los reunieron a todos un domingo a las 2 de la tarde y les inocularon la semilla del mal: el comunismo.

Les dijeron que ellos tenían derechos —qué horror— y les informaron que había una legislación nueva que obligaba al patrón a darle dotación a los obreros.  Eugenio y mi papá, con los servicios de mi tío Alfonso que tenía 13 años y que ejercía de secretario, redactaron una carta con errores de ortografía intencionales que fue firmada por todos los aparceros exigiendo un trato justo y condiciones laborales dignas, además de las botas en cuestión.  Esa carta debería ser enviada a Medellín para que llegara simultáneamente con la familia al terminar las vacaciones.  ¡Qué encanto, qué heroísmo!

Como ese día era domingo, mi papá, Eugenio y Alfonso volvieron muy orgullosos a la casa principal a rezar con Mamá Tulia —la matrona—, sus hijas y todos los primos los mil jesuses, un trisagio (tres rosarios) y un salterio, que es una oración larguísima, para reemplazar la misa a la que no podían asistir por estar en esas lejanías.  Antes de empezar con los rezos mi papá levantó la mano:

- Mamá Tulia, pido la palabra —dijo mi papá con la seriedad revolucionaria de sus 18 años—.
- Claro, Jairo —accedió Mamá Tulia un poco sorprendida por el cambio en el protocolo, pero con el respeto que en Antioquia se les tiene a los varones, con mayor razón si están estudiando medicina—.
- Mamá Tulia, yo quisiera proponer que en lugar de rezar todo ese montón de cosas que son la repetición de la repetidera y que no significan realmente nada, hiciéramos una reflexión en torno a la figura de Jesús y a la realidad social de este país.
- Ah, claro, mijo, como no...

Y mi papá tomó la palabra, seguido por Eugenio, seminarista, con tremendos discursos que ni Mao Tse Tung ni Fidel Castro. Muy sospechoso todo, pero nadie sospechó nada. Les debieron parecer muy inteligentotes y preparados. Qué orgullo.

Terminaron las vacaciones, la familia volvió a Medellín, llegó la carta y Myriam, la mamá de mi papá, fue convocada urgentemente a una reunión extraordinaria en casa de Mamá Tulia en la que se determinó que ni Eugenio ni Jairo podían volver a la finca y se concluyó que mi papá se había vuelto comunista.

- ¿¡JAIRO!? ¡Jairo es ateo! ¡Jairo es ateo! —cuentan que repetía la tía Judith sentada voleando pierna en una mecedora—.

A la siguiente reunión familiar, la fiesta de los 80 años de Mamá Tulia, mi papá no quiso ir.  Lo llamaron mucho y terminó mandando razón con mi tío Alfonso que repitió delante de todo el mundo que "como Jairo es un hijueputa comunista y ateo no piensa venir a importunarlos a todos".

Ninguna condición cambió para los apareceros.

11 comentarios:

alvaron dijo...

Jajaja!!!! Hija de un comunista!!!! Prima querida arrepientase ligerito antes que se vaya para el infierno!!!! Jejeje Muy buena la historia y mejor todavía los resultados conseguidos con la cartica!

Ana Mesa dijo...

Qué cosa tan triste, primo. Pero a mí la historia me fascina.
Picos.

jugodemaracuya dijo...

¡Qué historia tan buena!

¿Pa' qué ficción si tenemos familias?

Maravillosa, gracias por contarla.

Saludos.

Ana Mesa dijo...

Gracias, Dani por leer. Sí, las historias de la casa de uno parecen inventadas...

Anónimo dijo...

Y fue así como tu papá terminó en Manizales y no ejerciendo en Antioquia? O eso tuvo algo distinto qué ver?

Ana Mesa dijo...

Sí fue más o menos por ese ánimo beligerante que no lo quisieron recibir para hacer especialización en Medellín a pesar de tener excelentes notas. Se vino a poner problema aquí y resultó que lo han querido mucho.

Geraldo Capillo dijo...

Muy Buen Blog !
Los invito a visitar mi blog !
http://geraldocapillo.blogspot.com/
Gracias !

Claudia Paola Morales dijo...

Muy bonita historia, disfruté mucho imaginando como se vería todo en esos momentos. Gracias por contarla

Claudia Paola Morales dijo...

Muy bonita historia, disfruté mucho imaginando como se vería todo en esos momentos. Gracias por contarla

Andrea Góez dijo...

Un personaje muy hermoso tu papá. A él le debió haber tocado la época de Héctor Abad Gómez no? Cómo sería eso? Gracias por compartir esta historia.

Oscar Jose Mesa Sanchez dijo...

Hola Prima, disfrute leyendo hoy 20 de julio de 2016. Aunque primos hermanos no recuerdo nada de tu papá, sí se de su existencia, pero no de vivencias. Recuerdo mucho más de Anibal que era de mi edad y a tus abuelos Luis y Myriam. Pero la historia me gustó también por Eugenio Saldarriaga, con quien compartí bastante hasta su muerte y de quien tengo especial recuerdo y gratitud. Mi primera experiencia con Eugenio fue repartiendo un "comunicado" que criticaba la procesión del Sagrado Corazón. No comunista, pero si de la teología de la liberación. Si sabía del parentezco de Eugenio con ustedes, pero no de la cercanía entre el cura y el médico.

Un saludo Oscar Mesa, hijo de Hernando