miércoles, 28 de diciembre de 2016

Amor propio

Creo que imaginaba que el amor propio actuaba como algo parecido a una fortaleza, o una virtud, o a un tipo de fuerza interna que impedía que algo te dañara. Tal vez por eso uno se la pasa cultivando una actitud fuerte: carácter, personalidad. Algo que parezca amor propio. Una confianza de mentiras parada sobre seguridades inventadas.

Pero me parece que el amor propio es otra cosa. El amor propio sabe que uno no es tan fuerte. Sabe que puede lastimarse. Reconoce que no puedes dejar entrar a nadie a patear los tarros porque resultarán abollados. El amor propio no es osado, no es arrogante, no se arriesga, no se expone. No te pide que te pares ahí a que te den tres golpes para que veas que no duele. Para que quede claro que qué gran amor propio el que tienes. Te pide que te cuides de que te duela. Te advierte que puede doler. Y cuidarse muchas veces se parece más a huir que a demostrarse pendejadas. El amor propio no se pone con que "mira tan fuerte que soy", "que tan macho que me pongo", "que tan duro que devuelvo el golpe".  El amor propio no tiene que demostrarle nada a nadie y si para cuidarse tiene que huir no teme que lo juzguen por hacerlo. Que tan flojo, que tan débil su amor propio. 

Sí es una fuerza, pero nace más de las debilidades que de las fortalezas. No se esmera por esconderlas, las reconoce. Y duele. Se supone que uno sabe esto, o lo sabe en abstracto, pero tal vez no cómo actúa. Lástima necesitar repasos.